Siempre me pregunté de qué valía contar en un blog mis propias experiencias. A quién le importaría saber qué pienso en determinada hora del día o qué hechos provocaron un instante de curiosidad en mi cotidaneidad. Sinceramente creo que pensar en que alguien pudiera interesarle lo que escribo aquí sería ocioso. Acaso, pensar de que lo que diga pueda ser interesante incluso para mí sería igualmente vano, sin embargo, lo que hago lo hago por estos motivos (seguramente cambiantes en el tiempo por cierto):
Primero por una necesidad propia de mi oficio de escribir. Veo esto como una manera algo fácil y casi irresponsable de ejercitar la imaginación o acaso el estilo, y es que no todas las historias terminan en un libro, y hay muchas que corren el riesgo de perderse para siempre en la memoria, que por cierto, en mí es algo ineficiente.
Segundo, por simple curiosidad, por la sensación de aventura que implica todo acto de contar.
Tercero, porque quizá sea cierto aquello que escribir es una catarsis, una manera de exorcisar los propios demonios. Nunca creí en esa hipótesis pero por si acaso.
Cuarto, porque tanto en el periodismo como en la literatura la vanidad es un factor vital, de allí que quizá escrbir textos irresponsables sin la pretención de parecer interesante o acaso inteligente resulte en el fondo algo reconfortante.
Y por último, si acaso este proyecto fracasara puedo eliminarlo, en todo caso, nada pierdo con intentarlo.
P.D. Quizá debí mencionarlo en un inicio pero parte de esta intención se debe también a José Carlos Ramos, el joven de 12 años que posee su blog El Chancho volador, a quien desde ya digo envidio y admiro.





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